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El diagnóstico

Por Doreen, diagnosticada en 2016

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Nunca tuve ningún síntoma, tan solo una ligera tos, de manera ocasional pero persistente, que me hizo ir a la consulta de mi médico de cabecera para que me hiciera una radiografía. Se interpretó como negativa, y esto dio pie a una tomografía axial computerizada cuatro meses más tarde. Al día siguiente me llamaron para informarme de que habían encontrado una lesión en el pulmón y era necesario hacer más pruebas. Como es natural, pensé que probablemente esto significaba que tenía cáncer de pulmón.

Estaba atónita porque me encontraba bien de salud y no había fumado nunca. Mi padre tuvo cáncer de pulmón 40 años atrás y sobrevivió durante 10 años tras someterse a una intervención quirúrgica. Por eso, nunca lo vi como una enfermedad mortal, aunque pudiera acortar la vida. Trabajo en una consulta médica y se lo comenté a uno de los médicos, que hizo hincapié en la importancia de mantener un estado de ánimo positivo y no creerse todo lo que se lee en internet. Se lo conté a mi marido y a unos cuantos amigos íntimos. En general, me lo tomé todo con calma, pero había momentos en los que me sentía sola. Me despertaba por la mañana con la mente en blanco y después me acordaba de que tenía cáncer. Me preguntaba qué sentido tenía todo.

El diagnóstico llegó en etapas. Un mes después de mi TAC, me dijeron que tenía cáncer de pulmón y debía someterme a una intervención quirúrgica. Tres semanas después, me dijeron que tenía siete metástasis cerebrales y esto significaba que la cirugía ya no era una alternativa, pero que me remitirían al especialista para la administración de radiocirugía estereotáctica (SRS) del cerebro. Dos semanas después, las pruebas génicas confirmaron el resultado ALK positivo, y me indicaron que recibiría un tratamiento con comprimidos en lugar de quimioterapia. De modo que cada vez pasaba algo positivo. Le hice a mi oncólogo la pregunta inevitable sobre cuánto tiempo me quedaba. Me contestó simplemente: “Años”. Todo esto hizo que mejorara mucho mi estado de ánimo.

He tenido suerte en muchos sentidos. Me siento optimista y con una actitud positiva, igual que mi padre durante los 10 años que sobrevivió. Tengo un oncólogo muy entusiasta y un equipo médico excelente. Mi terapia dirigida me mantiene en forma y sana, y han desaparecido los efectos secundarios menores que experimentaba. Todavía trabajo, aunque a tiempo parcial, y no he dejado de salir a caminar, montar en bici y viajar. No ha cambiado nada en absoluto. Ni siquiera mi seguro de viaje.

No pienso en el futuro: no tiene ningún significado para mí. Soy consciente de que mi vida cambiará, pero me siento optimista para afrontar lo que venga. Sé que no hay nada que pueda hacer al respecto. Aprecio las cosas buenas que hay en mi vida. No doy nada por sentado. Disfruto de cada día, incluso de las cosas más insignificantes. Sé que muchas otras personas con un diagnóstico como el mío sufren todo tipo de dificultades. He leído al respecto en mi grupo de apoyo. He conocido a muchas personas maravillosas y valientes. Compartimos nuestros altos y bajos, consejos y conocimientos. Es muy enriquecedor y me ayuda también a mantenerme centrada.

Pero, no quería hablar solo de mí misma. Yo no soy la única persona en esta historia. Tengo marido, tres hijos mayores y muy buenos amigos. Todos ellos me han ayudado mucho y ofrecido su apoyo. Les estoy enormemente agradecida. También doy gracias porque nadie me trata de manera diferente. No me siento diferente.